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La ia es la mitad de buena que la iaia (yaya)

01/10/26 | Inteligencia Artificial, Innovación, propiedad industrial

Debo reconocerlo, no me gusta la tecnología. Soy una persona que nací y aprendí en el siglo XX y he vivido todos los cambios de la ola tecnológica sin demasiada euforia.
Reconozco que hemos ganado mucho con los distintos avances, pero soy más de tomar notas con el bolígrafo, hacer esquemas en papel y subrayar textos impresos.

Estas semanas, con la vuelta a la rutina, me he dado cuenta que dependemos demasiado de la tecnología y de la inteligencia artificial (IA). Poco a poco los asistentes de voz, chats y navegadores gps han ido entrando en nuestras vidas y ha llegado un momento en el que ya no sabemos hacer nada sin ellos. Además, ahora hemos incorporado la opinión y el asesoramiento de la IA, y esto empieza a preocuparme.

Cada vez más veo a la IA como un cuñado que vive en tu bolsillo y te da siempre su opinión de cualquier tema, sin tener el conocimiento del contexto en el que te encuentras. Lo peor es que el resultado obtenido no se cuestiona.

En mi día a día como abogada me encuentro en reuniones con clientes que me cuestionan si mi opinión basada en años de estudio y experiencia es correcta porque no es lo que dice la IA. Redacciones de contratos listos para firmar, interpretación de las leyes y valoraciones de procedimientos son los resultados generados por una máquina siguiendo un «prompt» desafortunado, que carece de contexto, atajos administrativos, y muchas cláusulas importantes necesarias para su validez.

Reconozco que la tecnología nos ha ayudado a los abogados a avanzar en muchas áreas de nuestro trabajo: agilidad para buscar jurisprudencia y boletines oficiales, la jubilación de las máquinas de escribir, poder realizar presentaciones electrónicas de documentos, etc.

Pero la IA está eliminando de nuestro cerebro la capacidad de pensar y decidir, sin analizar las consecuencias de dar por buena su respuesta. Depender de la IA provoca un riesgo real y un perjuicio que podría evitarse, porque puede generar un conocimiento profesional incorrecto y la necesidad de no consultar a un abogado especialista, todo por ahorrar.

Debemos dejar de depender de la opinión y conocimientos que pueda aportar el cuñado que todo lo sabe, y como leía el otro día, hacerle más caso a la IAIA (yaya), que tiene más años y el doble de experiencia y sabiduría.